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En una tarde cálida teniendo como marco una esplendorosa puesta de sol con un cielo arrebolado, muchísimos años antes de la llegada de los españoles el Cacique
Chuquimanco y su gente admiraban en lo que es hoy la bahía de Paracas, el horizonte donde revoloteaban miles de aves buscando refugio.
Los pobladores repetían sin cesar “pisscu, pisscu” –ave en quechua- y de esa palabra el Cacique y su gente se inspiraron para aplicársela a sí mismos.
Con el correr del tiempo esa comunidad de notables alfareros en cuyas botijas fermentaban su chicha fue conocida como los piskos.
Los españoles al llegar a esas costas trayendo su vid oriunda de las Canarias la adaptaron dando origen a la uva quebranta. Al destilarla, produjeron el aguardiente de uva que almacenaban en esas botijas llamadas también piskos dando su nombre a una ciudad, un puerto, un
río.
Cabe mencionar que estas botijas eran curadas por dentro con miel de abeja para un apropiado sellado.
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